martes, octubre 16, 2007

Ratones domésticos

Al poco tiempo de entrar a vivir en mi casa comencé a ser visitado por ratones. Al principio, los ratones tenían tanto miedo de mí que nunca llegaba a verlos: únicamente sabía que me habían visitado porque me habían dejado regalitos en forma de pequeños excrementos negros (o azules o rojos, en caso de que algún vecino estuviera poniendo veneno de colores).

Poco a poco, los ratones y yo fuimos cogiendo confianza (a pesar de las dificultades inherentes a una amistad ratón-hombre; a pesar también de sus caquitas, del veneno que yo ponía, y de las trampas con queso con que sembraba mi casa; a pesar de todo) y alguna que otra vez nos encontrábamos cara a cara. Como en todo proceso de amistad, los comienzos fueron difíciles, y en el primer encuentro pegué un grito y salí corriendo hacia él (ante lo que el ratón huyó). Más adelante, los encuentros se fueron haciendo más habituales, y yo ya no gritaba ni corría, simplemente daba un golpe porque me molestaba verles corriendo por allí. Y seguí poniendo veneno y trampas y tapando agujeros con cemento y trozos de cristal. Los ratones, como premio, seguían visitándome todas las noches. La mayoría salían de mi casa atrapados en trampas estranguladoras. Otros volvían a su madriguera con un poco de veneno en sus estómagos. Y todos debían de estar muy contentos con el trato que les dispensaba, puesto que seguían volviendo...

Contentos y llenos de confianza, porque ahora ya ni siquiera corrían a esconderse cuando daba un golpe. Y cuando me levantaba de la silla, me miraban tranquilamente, se daban la vuelta y se iban hacia sus agujeros (escondidos tras los muebles, tras la escalera, por encima de las vigas, en el pladur, ...). A eso también me acostumbré: mira que majos, pensé, es como tener un animal (muchos animales) de compañía. Y como la comida no la tocaban porque siempre la tenía bien guardada, los ratones y yo continuamos nuestras vidas en paz y armonía, con las trampas y con el veneno, con sus pequeños cilindros negros de cada mañana y los cuadernos roídos.

Hace un par de semanas, sin embargo, la tregua se rompió: a las 3:07 de la mañana, unos grititos agudos y bastante molestos me despertaron. ¿Qué es eso?- pensé. Miré en dirección al sonido, pero sin gafas y en la oscuridad no veo demasiado. Encendí la luz y me puse las gafas. Los gritos continuaban: un ratón, bastante pequeño, había entrado en la habitación y me gritaba desafiante desde el suelo. ¿Qué querrá? ¿Habrá perdido a su madre? ¿Estará su tío atrapado en una trampa y me llama para que le ayude a liberarlo? ¿Querrá subir a la cama para dormir conmigo, al modo de esos gatos que duermen a los pies de sus dueños?

El ratón gritó durante un rato, hasta que yo hice ademán de bajar de la cama y decidió irse corriendo a... ¡esconderse debajo de la cama! Y yo, que estaba muy cansado y no tenía ganas de pelearme con un ratón, decidí dejarle dormir allí...

Al día siguiente por la mañana, mientras leía en la cama (estaba de vacaciones), el ratón se despertó y salió arrastrándose de debajo de la cama. Ni siquiera se molestó en darme las gracias o despedirse después de esa noche en compañía, simplemente se metió en la cortina. Eso me pareció bastante mal, así que agarré la cortina y la subí a una altura considerable. Desde allí, el ratón cayó a peso muerto (los ratones no vuelan), y esta vez sí que debió avergonzarse de su actitud, porque se fue hacia su agujero sin más grititos.

Ayer, mi vecino me contó que el sábado, sentado en su retrete, observó como un ratón venía hacia él, se paraba y se quedaba observándolo. Luego, visto que la actividad del vecino no era demasiado interesante, se fue tranquilamente por donde había venido...

Hoy, desde aquí, quiero reconocer que los ratones me han vencido: me mudo de casa. Una cosa es tener ratones domésticos en casa, y otra que las visitas vengan a tu propia casa a burlarse de ti. Y menos cuando estoy cagando; en conclusión: me voy de mi casa antes de que vengan a visitarme en el baño. Uno tiene sus límites.

4 comentarios:

Bet dijo...

Como ya te he dicho varias veces, tienes que ver Ratatouille. No sólo los verás como tus pequeños amiguitos, sino que empezarás a dejarles mini-instrumentos de cocina para que te ayuden a hacerte el tupper...

Javifields dijo...

consíguete un buen gato, es más barato que cambiar de piso

Cristina dijo...

que buena idea!!
si tienes gato te ire a ver muy a menudo y te lo cuidare en las vacaciones :)

Alvaro dijo...

Siento decirte que no creo que sea buena idea, si Ramón tiene un gato y se lo deja a Cristina para que lo cuide en vacaciones... El novio de Cristina se irá de vacaciones solo...Umm no suena tan mal, va a ser buena idea lo del gato, la excusa perfecta (-: