viernes, febrero 15, 2008

Conciencia

En una semana, la tiradora de hilos y el pensador aleatorio se las han arreglado para perder dos teléfonos móviles y una cartera (con dinero y documentación). Las pérdidas ocurrieron en lugares muy frecuentados, por donde se podría decir que pasan personas humanas de todo tipo y condición, pero tirando un poquillo hacia ese tipo de persona del que tendemos a fiarnos más que el otro tipo de persona del que nos fiamos menos. Yo me entiendo...

Presumiblemente, los dos telefonos fueron olvidados en un sofa de IKEA. No en un sofa de IKEA cualquiera, sino en un sofa de IKEA que estaba en IKEA, en la exhibición. La tiradora de hilos se dio cuenta de la pérdida como media hora más tarde de que esta ocurriera. Tras numerosas llamadas a los teléfonos extraviados, descubrimos que ya habían sido encontrados. Y el tipo o tipa que se los había encontrado había decidido que a partir de ese momento eran suyos: no sólo no contestaba mis llamadas sino que me colgaba para que no le molestara. Le mandé un SMS explicándole que el teléfono nos daba igual, pero que esperábamos una llamada muy importante a ese número, y que por favor cogiera mi llamada. Nada... Hay gente que tiene la conciencia a prueba de SMSs. Antes de anular completamente los dos teléfonos, le mandé otro mensaje que espero le haga reflexionar. Lo espero, pero estoy seguro de que no lo hará: para poder conmover a una persona hay que saber como piensa, y yo me declaro incapaz de comprender a alguien que se encuentra un móvil en IKEA y decide quedárselo.

La cartera llena de dinero y de documentación se cayó de mi bolsillo en pleno Ensanche barcelonés cuando bajaba en bicileta . No en un Ensanche cualquiera, sino en el más elegante y sofisticado. El pensador aleatorio se dio cuenta de la pérdida como diez minutos más tarde de que este ocurriera. Después de anular todas las tarjetas (de crédito, el bicing, la electrón, las tarjetas de coordenadas, ...) recibí una llamada: "Hola, he encontrado tu cartera en una papelera. Tenías un tiquet de la tintorería en el que salía tu teléfono. Si quieres venir a buscarla, estoy en una cafetería de la calle Valencia". Corrí hasta la cafetería y respiré de alegría: estaba toda la documentación; sólo faltaban el dinero y los bonos de transporte. Le agradecí efusivamente su gesto al hombre de la cafetería, aunque no pude gratificarle porque no tenía dinero ni la posibilidad de sacarlo del banco. Él me dijo que no pasaba nada, que se alegraba de haberme hecho ese favor. Nos despedimos y yo volví hacia casa pensando que dentro de la mala suerte había sido muy afortunado. A pesar de que llevaba mucho dinero encima y que tuviera que hacerme tarjetas de crédito nuevas. Luego, recapitulé la conversación con el hombre que me había dado la cartera y desconfié: ¡Qué raro! ¡La ha encontrado en una papelera! ¿Y cómo la ha visto? ¿Quién busca en papeleras? ¡Qué amabilidad!

Conclusiones:

1 - la mayoría de las personas, cuando se encuentran algo que no les pertenece, optan por quedárselo, aunque sea perjudicando al otro y aun teniendo la posibilidad de contactar con él de forma sencilla. Digo "la mayoría" basado en un estudio de dos casos, así es la ciencia: no tengo más muestras disponibles. Siendo que la mayoría de las personas son así, podría asumir que la mayoría de las personas que conozco hubiera actuado de forma similar. Sin embargo, me resisto a creerlo... la estadística no siempre funciona.

2 - la mayoría de las personas da tanto asco que han logrado que yo mismo me dé asco: me devuelven la cartera y encima desconfío del que lo ha hecho. ¿Y por qué desconfié? Porque era demasiado buena persona: me explicó que había ido a un banco a devolverla, pero que no la habían querido; y que entonces, cuando ya había decidido que al día siguiente la llevaría a mi banco para que allí me avisaran, había visto mi número de teléfono en el tiquet de la tintorería. Etc, etc. En definitiva, ese hombre hizo lo mismo que hubiera hecho yo en su lugar: hacer todo lo posible por encontrar al dueño de la cartera. La única diferencia hubiera estado en que cuando yo hubiera encontrado a su legítimo propietario, éste no habría desconfiado de mí. ¿Y por qué? Porque hablo español sin acento...

Es así de triste. Soy así de triste. Estoy así de triste. Perdóneme, señor de la cartera: por mi propio bien y porque sé que es lo correcto, me voy a obligar a pensar que usted efectivamente la encontró en la basura después de tirar un papel y fallar, y volver a tirar el papel y entonces verla debajo de otro papel. En cualquier caso, gracias por devolverme la documentación.

5 comentarios:

El ocaso dijo...

A mi el chico de los recados de un quiosco fue a llevarme la cartera a un urbano. Parece mentira pero aun queda alguien en que confiar.

PL dijo...

Habria que hacer "cadena de favores" como en la peli. Cada vez que un desconocido te hace un favor asi, debes devolver tu tres a otros desconocidos.

Yo el otro dia vi un billete de 20 encima de un banco y le pregunte al tio del banco de a lado si era suyo...ya lo se, eso es pasarse, pero el tio tenia pinta de pobre...

Federico dijo...

Una cosa que decía mi abuela... u otra persona de mi familia, no lo recuerdo. Más vale confiar y equivocarse 99 de 100 veces que desconfiar y equivocarse 1 de 100 veces... o era algo parecido.

Ra y Mon dijo...

Totalmente de acuerdo con ese dicho familiar, Federico. Por eso yo me mostré muy agradecido al hombre que me devolvió la cartera. Mi pensamiento fue: "a pesar de lo rara que suena su historia, prefiero hacerle ver que estoy agradecido que mostrarme desconfiado. Si me está engañando no pierdo nada: se irá con la idea de que soy un ingenuo. Si realmente me está devolviendo la cartera tal y como la ha encontrado, mostrarme desconfiado sería horrible. Por lo tanto, confiemos en el."

En lo único que tengo que mejorar es que no sólo tengo que mostrarme agradecido en el exterior sino que debo lograr no desconfiar en el interior. Pero eso ya es más difícil...

Federico dijo...

Sí que es difícil, sí. Por cierto, que yo no lo comentaba con ánimo de dar lecciones, que no ando yo como para lanzar cohetes.